Alfabeto colérico
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El Espectro Rojo
Los bárbaros: Alfabeto colérico
 
1.
“Oigo un patear. Hay un animal con una pata encadenada. Patea, patea, patea”, Virginia Woolf, Las olas.

2.
Animales salvajes. Con respecto a los animales salvajes, los sentimientos equívocos de los seres humanos son tal vez más ridículos que en ningún caso. Está la dignidad humana (aparentemente fuera de toda sospecha), pero no haría falta ir al zoológico: por ejemplo, cuando los animales ven aparecer la muchedumbre de niños seguidos por los papás-hombres y las mamás-mujeres. Parezca lo que parezca, el hábito no puede impedir que un hombre sepa que miente como un perro cuando habla de dignidad humana en medio de los animales. Pues en presencia de seres ilegales y básicamente libres (los únicos verdaderos outlaws) la más inquietante envidia sigue prevaleciendo sobre un estúpido sentimiento de superioridad práctica (envidia que se manifiesta entre los salvajes bajo la forma del tótem y que se disimula cómicamente bajo los sombreros de plumas de nuestras abuelas). Tantos animales en el mundo y todo lo que hemos perdido: la inocente crueldad, la opaca monstruosidad de los ojos, apenas distinguibles de las pequeñas burbujas que se forman en la superficie del barro, el horror unido a la vida como un árbol a la luz”. Georges Bataille, “Metamomorfosis”, La conjuración sagrada.

3.
La lógica de la modernidad se constituyó desde la subjetivación como proceso de conciencia para una identificación. Pero la identificación del “yo” sólo se crea desde la diferenciación con el “otro”. Los animales fueron los expulsados por el lazo de la razón, el resquicio de lo primitivo que, por semejanza, había que separar, clasificar, domesticar. El co-habitar el territorio suponía el peligro de contagio, no sólo de enfermedades de las que éstos –por habitar en lo bajo, en lo sucio, en lo infecto- eran portadores, sino que eran la amenaza de una existencia que se acercaba inevitablemente a la monstruosidad de lo salvaje, que por tanto desear, prohibimos.
Cumplida la separación, los únicos mamíferos que sobrevivieron a la expulsión de las ciudades modernas fueron los perros y los gatos. El costo: producción de comportamientos para que dejaran de ser salvajes, para devenir objetos útiles, ya fuera de afecto o de protección. Pero a veces ante el ladrido seco, ante un acecho que no reconoce delimitaciones y posee el territorio como perteneciente a su propio cuerpo, nos recorre un temblor: es el temor ante el colapso del sistema nervioso donde las producciones civilizatorias entran en suspensión. Porque a veces el cuerpo recuerda que también somos perros, y gatos, y puercos, y moscas, y piojos.

4.
“En un devenir-animal, siempre se está ante una manada, una banda, una población, un poblado, en resumen, una multiplicidad. Nosotros, los brujos, lo sabemos desde siempre. Puede que otras instancias, por otro lado muy diferentes entre sí, tengan otra consideración del animal: se puede retener o extraer del animal ciertos caracteres, especies y géneros, formas y funciones, etc. La sociedad y el Estado tienen necesidad de caracteres animales para clasificar a los hombres; la historia natural y la ciencia tienen necesidad de caracteres para clasificar a los propios animales. El serialismo y el estructuralismo unas veces gradúan caracteres según sus semejanzas, otras los ordenan según sus diferencias. Los caracteres animales pueden ser míticos o científicos. Pero nosotros no nos interesamos por los caracteres, nosotros nos interesamos por los modos de expansión, de propagación, de ocupación, de contagio, de doblamiento. Yo soy legión. Fascinación del Hombre de los lobos ante varios lobos que le miran. ¿Qué sería un lobo completamente solo? ¿Y una ballena, un piojo, un ratón, una mosca? Belcebú es el diablo, pero el diablo como señor de las moscas.” Gilles Deleuze y Félix Guattari, “10 1730, DEVENIR INTENSO, DEVENIR-ANIMAL, DEVENIR-IMPERCEPTIBLE…” Mil mesetas, capitalismo y esquizofrenia. (245-246)

6.
El artista deviene primitivo. No “se hace”, no lo imita, simplemente se afecta por esta lógica y se trastoca en ella. Aquí no hay lugar para exotismos ni para fantasías de una representación como correspondencia, lo que hay son afecciones e intensidades. Hay un cuerpo que se deja consumir por lo salvaje, no como identificación de una conciencia sino como momento antropofágico de involución creadora. El artista aquí es el bárbaro que ha renunciado a la modernidad y ha quedado penetrado en el fallo del disturbio; el extranjero –el gringo— que no conquista sino que es conquistado y que vive también la violencia del choque de dos lógicas civilizatorias, la racional y la sacrificial.
Francis Alÿs, se sitúa en ese fallo y en su deambular encuentra los momentos de irrupción donde la lógica de lo primitivo excede los lineamientos de la racionalidad occidental. Dos instantáneas, una constelación:

1. Un zorro recorre los salones vacíos de la Nacional Portrait Gallery de Londres mientras las cámaras de los circuitos de vigilancia registran todos sus movimientos. El intruso asecha los espacios en los que cuelgan los retratos que intentan fijar la humanidad en la representación del rostro: el noble, el santo, el poderoso, el conquistador, el civilizado. Lo salvaje asecha sin invocar ningún momento chamánico. Aquí el zorro es el salvaje que se mantiene como vivo cuando sus cazadores sólo existen como imago. Su existencia es vigilada, pues los mecanismos de poder saben que de su control depende nuestra soberanía. Reverso dialéctico de la construcción moderna del salvaje-muerto, civilizado-vivo. Aquí, el intruso, el salvaje, el animal cazado, es el que vive, el que acecha a una representación de la humanidad que cuelga petrificada en los muros de un espacio de dominación que se sospecha como cancelación de lo existente.

2. En un paisaje desierto se escucha cómo ladra un perro ante la presencia de un intruso a su territorio, ladrido que crece y decrece en la tensión de acercamiento-distanciamiento. La cámara es claramente el otro; el perro convoca a otros perros como único poder soberano, su furia es la defensa ante la amenaza porque aquí “el gringo” es el enemigo, el peligro. Espacio incontrolado por la modernidad, donde el territorio es el propio cuerpo del animal, su habitáculo y su fuerza. El perro es aquí el salvaje que nos devuelve, con su presencia, a una lógica primitiva: la razón no sirve para establecer jerarquías de dominación sino que el flujo de vida es la fuerza que resiste, que convoca a nuestros cuerpos y nos devuelve a una piel como herida y a unos dientes como lanza, estremecimiento que hace emerger una inmanencia animal.

Dos momentos de irrupción que no intentan asimilar la experiencia de estos espacios dislocados en una representación. Imagen como pura alegoría de lo cancelado, de lo que vuelve y acecha. Aquí el artista es el bárbaro, aquél que presta su cuerpo a la violencia del choque, que carga la herida como entrada infecciosa, que se manifiesta para propagar el contagio y devolver así la posibilidad de un devenir animal del hombre.

6.
“Los hombres-lobo, los hombres-osos, los hombres fieras, los hombres de cualquier animalidad, congregaciones secretas, animan los campos de batalla. Pero también las manadas animales, que sirven a los hombres en la batalla, o que la siguen y se benefician de ella. Y todos juntos propagan el contagio. Hay un conjunto complejo, devenir-animal del hombre, manadas de animales, elefantes y ratones, vientos y tempestades, bacterias que siembran el contagio. Un solo y mismo Furor. La guerra, antes de ser bacteriológica, ha implicado secuencias zoológicas. Con la guerra, el hambre, la epidemia, proliferan los hombres-lobos y los vampiros.” Gilles Deleuze y Félix Guattari, “10 1730, DEVENIR INTENSO, DEVENIR-ANIMAL, DEVENIR-IMPERCEPTIBLE…” Mil mesetas, capitalismo y esquizofrenia. (249)

 

7.
“En la raquítica historia de los de arriba, esta zona del planeta empezó a existir cuando las potencias imperiales europeas del siglo XVI “civilizaron” y, con la conquista, incorporaron a estas tierras, y a quienes las habitaban, al resto del mundo moderno.
Hay que poner atención al hecho de que, tal vez, nuestra existencia debió ubicarse entonces en el inframundo, y que la conquista sería así una especie de reversa de la expulsión del ángel rebelde que desafió al Dios bíblico. Un demonio al que se le reincorpora al mundo de arriba, de los de arriba, de la única forma en que es posible readmitirlo, es decir, rendido y sumiso, o sea, redimido.
Si esto fuera así, la historia de nuestro dolor puede ser vista, al menos, desde dos maneras distintas y contrapuestas: la una, como la de la redención y el ingreso al mundo “civilizado”; la otra, como la de la rebeldía y el nuevo y reiterado desafío, ahora al dios terrenal. (…) Podrán trucar calendarios y geografías, pero el mañana que parirán estas tierras de Latinoamérica no será patrimonio de redentores y no será una democracia llena de estatuas y monumentos, pero vacía de pueblo.
Por el contrario, será obra de pueblos irredentos que no se conformarán con disparar a los relojes para detener el tiempo…”

DE REDENTORES E IRREDENTOS...
Subcomandante Insurgente Marcos.
México, Julio del 2007.

 

Seria un error de apreciación y definición teórica el querer subsumir al zapatismo como otra reiteración del ciclo de discursos revolucionarios mesiánicos, que siguiendo la estructura psíquica del cristianismo alude a la salvación, la redención y la eficacia utópica con la que podemos construir una mejor y mas justa normatividad. El zapatismo en sus metáforas, alegorías, juegos simbólicos y estrategias de movilización cancela de manera profunda toda lógica de trascendencia idealizada—su arco es, sin duda, uno que transita por un tiempo largo—pero sus formas de enquistar el deseo juegan con lo demoníaco, la herejía, la transgresión: su modelo político es la republica pirata; su figura de soberanía es un devenir del criminal y el sacrificado.
Esta es una lectura del zapatismo que va a contrapelo del uso innegable y eficaz que el fenómeno ha tenido en reactivar una imaginación utópica en círculos importantes de la izquierda progresista. Hay muchos zapatismos, e indudablemente la complejidad de las repercusiones es apenas aparente, dado a que estamos frente a una estructura que marca un arco temporal que se apunta largo: “no se conformarán con disparar a los relojes para detener el tiempo…” Sin embargo—y  el tiempo se haría corto si no nos apuramos a decirlo—el  núcleo duro del zapatismo es muy opuesto a (éste) su uso instrumental. El zapatismo se distingue precisamente, por su no- instrumentalidad—ya  que su estrategia es precisamente la de reducir la táctica a la intervención del espacio de la efervescencia social—por  ser gasto, economía del don y un riguroso insistir en la no-acumulación (de poder). En el núcleo duro del zapatismo hay una deconstrucción radical de la lógica revolucionaria en su impulso de usurpar el lugar del padre: el espacio de la autoridad, el decreto de la nueva ley. La apuesta desquicia a los intelectuales Leninistas, y es que la diferencia inexplicable esta en apostar al deseo—y no a la justicia como programa asimilable a el modelo civilizatorio que ha dominado la historia. El núcleo duro del zapatismo se enquista en el deseo y hace ahí el festival de la rabia: máquina de guerra del deseo, de reventar el deseo, de absolutamente transformarlo. Estaríamos ante un dispositivo donde la rebeldía excede (des-borda) a la revolución.
El trabajo de Vicente Razo se distingue por intervenir la cadena de desplazamientos discursivos que opera entre lo escatológico, lo revolucionario, lo bizarro y lo hilarante. La risa regresa a su dimensión irónica-sagrada, es decir su función destructiva o diabólica.  Aquí la broma es siempre iconoclasta en su lógica: lo político es un festival de tótems e ídolos falsos, el espacio donde transgredir tabús y donde reventar (celebrar) el ámbito de lo social como dimensión de lo sagrado. Razo como pocos artistas en su generación nos remite al núcleo duro del zapatismo, como estrategia simbólica: gramática rebelde, alfabeto colérico. La risa como arma letal contra la acumulación de canalladas que se hacen pasar como historia—que desfilan como la empobrecida realidad de un triunfante capitalismo sin escapatoria.
Desprecio y Montaña/Ciudad  (2008) son documentos que registran el inframundo de la modernidad que es el barrio de Ixtapalapa, y que acuden al lugar en ocasión de el festival zapatista de la Digna Rabia. El video- díptico pareciera llegar a su destinatario como postales donde el remitente  escribe desde territorios ocupados por rebeldes irredentos. Y es que ante un futuro que se desvanece, estas tierras no serán patrimonio de redentores y no serán una democracia llena de estatuas y monumentos …más bien, en su lugar, habrá topes inmensos (obstáculos) que demoran y descuadran el fluir de máquinas, y el perverso placer de letrinas instruidas y prudentes, donde orinar y darse la vuelta para caminar hacia la montaña.

 
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