La infección
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El Espectro Rojo
Segunda invocación: El Contagio
 
La flecha clavada en el altar negro…. el sexo de la Guadalupe…
O. P. 1966

Convocar al Espectro rojo supone saber que la esperanza es nuestra principal enemiga, y que hacerse cargo de cierta movilización afectiva y social es mucho más importante que cualquier apunte táctico. “Esta resignación sin esperanza es la última palabra del gran revolucionario.” Así significa Benjamin las palabras de Blanqui en L’Eternité par les astres, abriendo la posibilidad de que el desencanto sea la débil fuerza mesiánica que se cuela en las fisuras que ha dejado el colapso.

Esta entrega es una revalidación de la urgencia productiva que acompañó el lanzamiento de des-bordes 0.  Hay un motivo evidente para que este número tenga un desagradable toque mexicano: la zona de disturbio que habita en este país impregna a la desgracia de cierta exhuberancia. La confluencia de crisis económica, confusión política, efervescencia criminal, indecisión histórica y necedad modernizadora, ha marcado 2009 como otro símbolo. En efecto: en este país pasamos, como en muchos otros, entre años malos y años peores. A la torpe iconografía de “lo mexicano” habrá ahora que añadir el espectáculo de hieleras abandonadas en la calle con las cabezas de los ejecutados, una ciudad fantasma donde el beso quedó suprimido por decreto y las escenas interminables de caras embozadas con tapabocas.  De la exacerbación de la violencia criminal, a la crisis de la epidemia de la influencia, a la parálisis sanitaria impuesta, a la crisis económica y el desempleo, y a lo que venga….

En la última actualización de la soberanía como fuerza del biopoder nuestros cuerpos fueron contaminados por el miedo, y por la construcción discursiva de la enfermedad que se impone sobre la vida intentando clausurar cualquier resquicio de exceso, de caos, de descontrol. Bajo el estado de excepción virológico, impera el miedo a lo invisible. Si de algo sirve este testimonio, estar en México en la primavera del 2009 implicó percibir a los demás como perros rabiosos y caminar en las calles como si estuvieran repletas de cadáveres. Todos hemos sido, al menos por unas semanas, los apestados. En lugar de aceptar la lógica del miedo, asumimos aquí la tarea de pensar al contagio.

Contagio (del latín “contagio”, de contingo: de cum, con y targo, tocar) es la transmisión por contacto inmediato o mediato. Es precisamente a la activación de las amenazas invisibles y la pandemia de una máquina hilarante de las ideas y sensaciones, que dedicamos este des-bordes 0.5. Los materiales que aquí incluimos se distinguen por su intrínseca intratabilidad; por ser inconmensurables. Es decir, por marcar una estructura profunda y ocluida que se manifiesta como repetición, como compulsión, como el trazo indeleble de una economía libidinal que, en un movimiento doble, de-limita y des-borda lo social y lo político. Esta estructura doble obedece a una cadena de desplazamientos discursivos que quisiéramos proponer sin ocultar que su emergencia conlleva actos violentos en el campo epistemológico: el transito entre biopoder y necropoder marcaría así la transición (brecha conceptual y abismo material) entre lo homogéneo y lo heterogéneo.

Si la función de la ciencia es precisamente establecer la homogeneidad del campo fenomenológico, nos interesa el antídoto (o fármaco) de una contra-metodología; la descripción de una diferencia inexplicable. De manera radical, asumimos que los fantasmas son aquí los que hacen la barricada: “Ciudadanos, hagamos la protesta de los cadáveres. ” (Victor Hugo, Los miserables). Siguiendo a George Bataille, las implicaciones de un proyecto de esta índole tiene, en medio de su abigarramiento, la claridad de saberse opuesto a la “la estructura psíquica del fascismo,” es decir, al idealismo de la pureza. Si aludimos a la efervescencia de lo social como revuelta, es por el deseo de ejercer una insurgencia incrédula ante una humanidad intoxicada con ilusiones de grandeza y esclavizada al mito del progreso. De cara ante un futuro que se desvanece, lo que nos intriga es la posibilidad de disociar la noción de revolución de toda progresión. Lo que une (y desborda) la constelación que ofrecemos, es la impureza del excedente, la no-empresa, la consumición, el gasto improductivo, y la conciencia de que la historia es entrópica.

Lo que aquí se despliega es la inquietud que nos provocan las maquinas de guerra primitiva —sacrificiales, criminales, ansiosas y barrocas— en tanto expresan una diferencia inexplicable frente al binomio de instrumentalidad y acumulación. Del mismo modo, si convocamos ejemplos e intervenciones del arte contemporáneo, es porque, contra las reservas y descalificaciones usuales, creemos que varias de sus expresiones atienden a la categoría de lo in-curable. Por un lado, se hacen cargo del mal que no tiene remedio. Por el otro, son prácticas que desbordan la estructura de control de la curaduría, aunque sea precisamente la intervención curatorial la que se requiere para constatar que no se trata de mecanismos burocráticos del poder.

Bajo los signos en rotación, la realidad hecha eternidad como ruina y laberinto.

México, mayo 2009.

El Espectro Rojo.
 
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