El Contagio
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José Luis Barrios
Si usted presenta los siguientes síntomas, favor de anteder estas recomendaciones
(Aforismos sobre el contagio y su representación)
 

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Lo que conviene evacuar debe ser dirigido por lugar conveniente.
-Hipócrates-

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Después de la crisis del 29 la economía salió de su crisis con la guerra del 45. Desempleo, inflación...parálisis. Hubo que inventar la economía bélica para que la industria se activara. En 2009 y después de más de cuarenta años que dicha estratégica ha demostrado su fracaso,  que la invasión a Irak no solucionó la crisis anunciada desde hace algunos años: ¿Por qué no producir un fantasma que reactive la economía vía la industria farmacéutica? Todo es cuestión de tiempo: esperar el invierno, el del Norte... mientras tanto el Sur y sus cuerpos es un territorio de experimentación y producción de espectros líquidos.

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En la historia de la literatura existen tres novelas sobre epidemias: La muerte en Venecia, La peste y El amor en los tiempos del cólera. 1912, 1947, 1985 son los años en que cada una de ella fueron publicadas. Llama la atención en éstas los personajes contagiados en las tres historias: El escritor de cierta fama agotado en su fuerza creadora imaginado por Thomas Mann; la ciudad de Oran en Argelia como protagonista de la obra de Camus; y un par de ancianos, Fermina Daza y Florentina Ariza, puestos a navegar en un viaje de ida y vuelta infinito sobre la misma ruta de los mundos tropicales de Gabriel García Márquez. Muerte, encierro y exilio: tres metáforas con las que la modernidad produce la representación de sus exclusiones: el deseo decadente de burgués homosexual, la alteridad política de los colonizados y la extemporaneidad de la vejez y el deseo en asunto del amor. Metáforas donde los síntomas signan los márgenes y las clausuras, donde los cuerpos se convierten en amenaza. Quizá habría que buscar en los síntomas de nuestras epidemias el reducto de la biopolítica contemporánea. Si el síntoma señala al otro, la pregunta es quién es ese otro, qué opera este otro-síntoma a la hora de pensar la distribución de los cuerpos en nuestra crisis actual.

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La enfermedad produce metáforas que debían ser rechazadas, pensaba Susan Sontang: el cáncer signaba el miedo del cuerpo de la clase media;  el sida, el cuerpo homosexual como cuerpo promiscuo. Entre la eterna culpa de la apatía vital  de la clase media que significa el cáncer y la culpa del sida de permitirse hacer y ser del deseo del cuerpo homosexual, el contagio. Una doble operación de la moral que somete los afectos a la forma del control social del cuerpo. Entre el pudor de quien se avergüenza de su cuerpo enfermo en el caso del enfermo de cáncer y la exclusión de quien paga con su carne el uso del placer, las enfermedades del siglo XX definen el contagio en el límite del deseo. Entre el cáncer y el sida, lo que contagia es el desbordamiento del deseo no del cuerpo.

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La historia reciente de la Influenza (la estacional, la aviar y la humana) es una metáfora líquida, un flujo, donde al mismo tiempo se signa un territorio corporal y se vuelve incontrolable su dispersión. Como el capital global, la influenza es un flujo que trabaja por diferenciales, por territorializaciones que producen visibilidad y distribución simbólica. En el caso de la influenza, su asignación que no su aparición, es una geopolítica: darle cuerpo, población, país, significa la urgencia no superada por la globalización de significar un comienzo de acuerdo al tiempo y al lugar que conduce a absurdos tales como preguntarse por qué se mueren más mexicanos que norteamericanos o acciones sin sentido como lavar con lejía un plato donde comió un mexicano, como lo hizo algún “conciente” ciudadano español.  La explicación de la metáfora del contagio no está en la raza o la nacionalidad, sino en el modo en que los síntomas devienen en cuerpos, los cuerpos en símbolos y los símbolos en distribución política del enunciado “enfermo” que reterritorializa el cuerpo.   Acaso por ello la urgencia de representar el síntoma en cuerpo, la prisa por nombrarlo y otorgarle lugar, identidad y cultura...

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Si la eficacia política de las metáforas de la enfermedad radica en el hecho de que signa un cuerpo, dibuja y da forma a un territorio donde controlar las voluntad y la vida, mucho se tiene que pensar en la operación enunciativa AH1 N1: entre el puerco, el mexicano, lo humano y su formulación abstracta; al lado de la operación científica se construye la política del contagio. Apurando un sofisma: Si los puercos tienen influenza y los mexicanos también, entonces los mexicanos son puercos... Si los mexicanos tienen influenza y los mexicanos son humanos, entonces los humanos tienen influenza. Entonces si los mexicanos son humanos y los humanos y los mexicanos tienen influenza entonces todos somos puercos. Pura metáfora de la improvisación del discurso: que el mexicano sea un puerco es pertinente, pero que también sea humano es un problema. Acaso por ello de vez en vez la imprudencia ingenua del sofisma muestra como se producen las fantasías fóbicas del otro... mexicano, negro (asunto políticamente incorrecto en este momento), judío o árabe. El hecho es que la metáfora del contagio siempre tiene que ver con el otro y si éste es un puerco, mejor.

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Dos lados de la política del síntoma:
Si algo demuestra la fantasía delirante del poder en México es su debilidad y su falta de interés en los programas de bienestar y seguridad social, así como la casi inexistencia del Estado, desde hace al menos quince años, de inversión en investigación científica. Fantasía que lo lleva a declarar la lejanía entre los cuerpos como política de salud y el derecho de violación de la vida privada por razones de seguridad nacional. Si algo demuestra las políticas de higiene y la cuarentena turística de los otros países es que el contagio es una poderosa arma política de producción de exclusiones donde se produce, al mismo tiempo, una fantasía y la estrategia económica del control social de los individuos. De esto nada sorprende: más bien lo que es pasmoso es que el gobierno mexicano se indigne del maltrato a los connacionales cuando la excepción la declaró su ejecutivo. Eso sí, una indignación mayor ante países como Cuba o Haíti y apenas un reclamo dicho a medias ante Francia o China.

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Hanna Arendt insistía que el dato diferencial del asunto político radica en el quién del sujeto y no en el qué del cuerpo. Sin embargo ¿cómo interpretar la política del síntoma a la hora que el qué corporal se signa como un quién geopolítico? No basta con pensar que la política se explica por el momento de subjetivación (conciencia) del sí como singularidad, hacerlo significa hacer de (mi) cuerpo un zona donde el poder inscribe sus potencias de control. El síntoma es un dispositivo biopolítico donde se construye un a priori corporal y al hacerlo nombra el lugar de la exclusión. El qué y el dónde de esta afirmación se produce siempre como lugar de una amenaza.

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La diferencia entre política de los síntomas y el síntoma de la política consiste en que la primera revela la enfermedad de la segunda. El presidente Calderón dixit: “hemos salvado a la humanidad”. Extraño diagnostico invertido del delirio del poder: declarar  el síntoma de una enfermedad posible, para mostrar el diagnóstico certero de la propia enfermedad.

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En las enfermedades de acceso periódico, antes de medicinar, hay que suspender el juicio.
-Hipócrates-

 
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José Luis Barrios
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